La Comunidad de Sin-Límite

 

 

Beth volvió a limpiar mis heridas, y a pesar de mis 39 años, continuaba utilizando su voz tierna para mí, diciéndome: “deja la luz encendida, aunque no duermas por lo menos descansaras”.

Yo había esperado 12 años para volver a El Salvador quería regresar cuando hubiera logrado establecerme como cualquier ciudadano español, no pedía más.

El primer impacto fue cuando aterrice en el aeropuerto de San José Costa Rica, volví a ver esos ojos de adultos incrustados en cuerpos de niños, quise pensar que era una percepciones rápidas y a la ligera que haces de la vida, pero mientras corrían por el aeropuerto jugando a cualquier cosa de repente  su mirada se cruzaba con la mía y podía reconocer que eran los ojos de aquellos que han visto ya, lo que su mente no puede inteligir completamente. Sentí como mis piernas temblaban, pero nuevamente negué, afirmándome que era el cansancio del viaje.

Había perdido la conexión con el vuelo a El Salvador y decidí que esperaría en el aeropuerto al vuelo de la mañana siguiente, sería la primera noche que no dormiría, sin saberlo yo asistía en la distancia al velatorio de mi abuela materna. La noche fue de espera y de asombro al irme dando cuenta poco a poco, realmente sin querer hacerlo, que había regresado a un lugar donde tiempo estaba paralizado.

Mientras en 12 años yo había cambiado desde mi forma de vestir a un look muy desenfadado, mi lengua tenía una ligera entonación española, tomaba con naturalidad un café en la barra de cualquier bar, planificaba para cada verano unas  vacaciones, me había hipotecado por 30 años en una casa, tenía un trabajo estable y cualificado de 8 horas como informática y para sacar extras seguía trabajando en la cocina.

Todo eso ese camino personal de la integración y aprendizaje, que habían hecho de mí una persona alegre, con un horizonte claro, lleno de paz, iba a verse derrumbado al enfrentarme con mi presente-pasado.

La muerte volvió a empujarme contra la pared, la muerte de mi abuela era la primera muerte no violenta en mi familia desde hace muchos años, pero a mí se me negaron la evidencia de la agonía y volví a enfrentarme nuevamente a un ataúd y a rostro detrás de un cristal, aquello no podía estar ocurriendo, yo había programado un mes en El Salvador de reencuentros y de alegrías, sin darme cuenta doce años de mi vida desaparecieron y volví a tomar mi lugar en esa familia, la de una persona fuerte y solida, capaz hasta en los momentos más duros de organizar los vehículos que nos llevarían al entierro, mi madre y mi tía necesitaban fortaleza y era yo quien tenía que realizar esa función, me derrumbaba por momentos pero volvía a mi postura, durante una semana todo mi vivencias se vieron envueltas en el ritual de la muerte, rezos repetitivos, suplicas a un Dios, tamales, café, flores de hermosos colores, me sentía envuelta en un tornado de sonidos y colores que oía sir oír y veía sin ver. Los encuentros se dieron, pero iban acompañados de un pésame. Tenía la esperanza de que terminada la primera semana lograría recuperarme y tener unas vacaciones medianamente normales, pero yo no era consciente de que esas vacaciones no eran un encuentro sino un enfrentamiento con mi pasado, que yo había trasformado en mi recuerdos idealizados en la distancia.

Me duche con agua fría como lo había hecho durante toda mi vida en El Salvador, pero a pesar del calor sentí como su hielo entro en mis huesos, mientras lavaba mis pies y quitaba la sangre de las heridas producidas la noche anterior, y la anterior y la anterior. Mis pies parecían haberse quedado sin zapatos y estar haciendo ese camino descalza.

Oí cuando la puerta se abrió y oí su voz era él, el hombre que decía ser mi padre, las 8 ó 9 veces que lo había visto no eran suficientes para crear ese lazo entro nosotros, pero había que dar la función, me recompuse y baje desde mi habitación al salón, fui hacia él, me abrazo y se derrumbo, la escena era digan de una telenovela, el encuentro de padre e hija después de doce años, lo abrace y volvió a surgir en mi un sentimiento olvidado, el odio y el amor de manera simultánea, desee tener un cuchillo abrir su pecho, sacar su corazón palpitante y devorarlo, desee sentir su sangre caliente en mis labios, romper con mis dientes esa carne, el abrazo fue de segundos, pero yo quede desfallecida, oía sus voces a lo lejos, luego supe que se habían acordado encuentros y nuevas escenificaciones magistrales, lo que ellos no sabía era yo estaba agotada ya no tenía fuerzas para una segunda vez, eran compromisos que tuve que asumir.

Subí a mi habitación y con una tijera intente abrir mi pecho para sacar mi corazón, la carne blanquecina se abrió y el tejido adiposo de mi seno quedo al descubierto, pero el dolor fue tal que no pude continuar…

Beth volvió a limpiar mis heridas, y a pesar de mis 39 años, continuaba utilizando su voz tierna para mí, diciéndome: “deja la luz encendida, aunque no duermas por lo menos descansaras”.

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